Poco a poco, el sol, oculto tras unas montañas, comenzó a aparecer en el horizonte, y con su luz logró destacar una oscura ciudad, algo oculta por el smog, pero viva. Ya a esa hora del amanecer, estaba llena de autos corriendo por las calles, en una loca carrera para alcanzar su destino, y para evitar los atrasos.
En una parte de la ciudad había una serie de casas iguales, cada una con una forma triangular, pero siempre iguales, las mismas ventanas, las mismas puertas y el mismo patio. Eran casas hechas para asegurarse que la cada vez mayor, cantidad de personas que vivían en la ciudad, tuvieran donde estar.
En esa parte de la ciudad aún estaba oscuro, el sol aún no alumbraba del todo, pero podía verse reflejado en las ventanas de cada casa uniforme. Pero, extrañamente, en una de aquellas casas, no había reflejo del sol, era como si extrañamente, una pequeña inclinación al construír, una diferencia en la orientación de la construcción hacía que la luz del sol rozara solo sobre sus paredes, pero no lograba entrar al hogar. Éste extraño fenómeno, era más común de lo que se puede creer, pero, a pesar de eso, las personas que vivían dentro de esa casa, parecían felices con este inconveniente. Incluso más, ese hogar fue elegido exclusivamente por su extraña inclinación y su lejanía del sol. Las personas que vivían en esa casa querían estar lejos del sol, o al menos una de ellas, que era quien dirigía el hogar. Jorge, el papá de este hogar, el dueño de casa y quien daba las instrucciones, pero Jorge tenía una hija, una pequeña que era dificil de identificar, ya que al parecer una sonrisa vivía en una esquina de su boca, pero cada vez que sus ojos se enfocaban en su padre, ese amago de sonrisa desaparecía y era reemplazado por una especie de mirada fría y hasta calculadora.
La hija se llamaba Tania, y era una jóven, a pesar de que se veía pequeña, sus años de vida la hacían una adolecente. Era alta y delgada, con un color de piel más bien tostado y con ojos cafés, pero, esos ojos, a pesar de ser, simplemente cafés, eran tan transparentes como el agua, y es por ello, que habían momentos que se veían sonreir disimuladamente, y en otros se veían tan atribulados como el ser más triste en el mundo.
Y es esa jóven, la que se movía tras la ventana, con la luz encendida, a falta de sol, recorría el lugar de un lado a otro, de manera que parecía envuelta en una especie de desesperación. Recorría esa pequeña cocina como si fuera un concurso,en un momento movía las ollas, en otro cortaba el pan, luego sacaba frascos de plástico bajo el mesón, luego buscaba en los cajones, pronto buscaba en el resfrigerador, luego corría a la olla cuando comenzaba a salir humo desde su interior. Hacía todo tan rápido que a primera vista parecía desesperada, pero si te fijabas más descubrías que en realidad solo estaba un poco apurada.
En el momento que estaba sellando los frascos plásticos y envolviendo el pan en servilletas, un hombre entra en la cocina lentamente, con una ropa algo sucia y rota y la miró con gesto de reprobación.
- ¿Aún no terminas? - dijo Jorge dirigiéndose a Tania
- Ya casi está listo, solo falta poner todo en su lugar y podrás salir. ¿Vas de nuevo a la construcción?- le respondió mirándolo sin soltar lo que estaba haciendo.
- Hija, sabes que tengo que estar temprano en el edificio San Fernando para comenzar a hacer el cemento y es de esperar que mi hija por lo menos tenga preparado lo que llevaré para comer.
- Si papá, te aseguro que mañana lo haré más temprano, además si no salgo a tiempo, llegaré atrasada a clases.
Tania, en ese momento vestía un uniforme, era ropa bastante común, un jumper azul marino y una blusa manga larga blanca, además usaba calcetas y zapatos. Esta ropa a pesar de ser antigua, estaba perfectamente cuidada y planchada.
- Aquí tienes papá- dijo Tania entregándole un paquete a Jorge y quedándose con otro colgado se su brazo - ahora tengo que irme, yo entro más temprano que tú.
- Bueno Tania, anda y estudia bastante, recuerda que no quiero que llegues a ser como yo - le respondió su Padre mirándola de una manera severa.
- Lo sé Papá, me lo dices cada día.
Y diciendo esto, Tania tomó su mochila su paquete, salió de la casa y comenzó a correr, no quería volver a llegar atrasada, tenía muchas cosas que hacer y quería que todo estuviera perfecto....
Fin de la primera parte, historia 2
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Trataré de escribir más seguido ^^
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